jueves 23 de junio de 2011

EL FANTASMA, ¿para qué regresar?

...(extracto de la "Memoria del Caracol" (Mago Editores, Santiago de Chile, 2006).

Mis pies atraviesan la neblina espesa. Corto la densidad de ese espacio con mis manos afiladas de rabia y malos sueños. Tengo frío. Hace calor. ¿Adentro? ¿Afuera? Los límites se hacen cada vez más difusos. Comienzo a entrar. Mi respiración se hace lenta, pausada. El aire se pone más denso todavía, pesado. Me siento adentro de una burbuja. No me acomoda bien lo etéreo ¾pienso¾ prefiero la tierra, esa que ya no palpo. Levanto la vista y puedo reconocer algunas calles, los colores intensos de las casas del barrio, las marcas del tiempo en los muros. Me dan ganas de abrazar las paredes, besar a los perros que me miran extrañados, correr hasta mi casa que está ahí, a la vuelta de la esquina. Pero, no puedo. Estoy cerca del sitio donde sucedió el secuestro. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Llevo mi mano al cuello. La herida sigue abierta. Ya no sangra, está seca. Todo el mundo sabe quien nos degolló. Entonces, ¿para qué regresar?. Estoy muerto. Ya no hay regreso posible que valga la pena. Puedo ver la esquina donde todo sucedió. Me cuesta desplazar mi cuerpo hacia allá. Me detengo. Puedo respirar el miedo que aún queda aquí, instalado, impregnándolo todo.





No es fácil sacudirse del dolor y la rabia, la impotencia, la culpa. Lo peor, es el desapego inevitable que me permite avanzar, dar un paso, moverme. Cada centímetro que avanzo es el peso liberado de historias, despojado de rostros, de emociones que voy dejando tras de mí. Ya no soy quien solía ser. Se perdió en el tiempo ese hombre que te dibujó desnuda, mi amor, hace tantos años y luego te recorrió con sus manos, como quien descubre los secretos de una cultura milenaria para sí solo. Ese Ignacio, ya no está. Dejé de ser el papá juguetón, que se escapaba más temprano del trabajo para contarles historias de duendes y magos a sus hijas. Todo eso se acabó. Abrupta y definitivamente, ya no soy lo que fui.

La densidad del aire disminuye un poco. Acelero el paso y llego al punto exacto. Cierro los ojos. Siento el filo helado del cuchillo rajando mi garganta y el olor del pasto húmedo impregnado de sangre.

Siempre fui muy racional, buscando explicaciones que sirviesen para formular nuevas explicaciones. Y así hasta el infinito. Que paradoja. Hoy, que me mataron la razón, que fui brutalmente asesinado, que mi cuerpo está bajo tierra, mi alma continúa un camino sin explicaciones, tan solo con la contemplación a cuestas.

Una lágrima. Puedo verme llorando desde otro tiempo. Y lloro rabioso. Lloro de impotencia, desde la soledad del despojado. Estoy siempre un paso más allá, dividido, un metro adelante en el tiempo, siempre mirándome desde el futuro, desde lo que vendrá. Sólo observo. Estoy preso de esa mirada afuerina, nostálgica, extraviada, que no deja de parecerme algo perversa.

Y si me lo propongo, puedo capturar imágenes del pasado e ir hasta ellas. Me veo parado en la puerta del colegio de mis hijas, despidiéndome con el beso de siempre y conversando luego con Franco, mi amigo, mi hermano, acerca de lo hecho hasta ahora contra la dictadura, “nos ha costado más caro de lo que intuíamos”, le digo. Y puedo verme, sorprendido por una persona que pasa a mi lado empujándome levemente con su hombro, no lo conozco, me mira de reojo y luego gira sobre sí mismo. Se para frente a nosotros y clava sus ojos oscuros en nuestras pupilas. Nos empuja hacia fuera, tan rápido que no podemos reaccionar. Se quebró el punto de equilibrio. El ambiente parece cambiar a un color cobrizo y los ruidos de la calle se apagan poco a poco. Extrañamente, aflora un silencio siniestro. Franco también lo percibe. Yo, solo puedo escuchar las venas de mi cuello, palpitando gruesas, intuitivas. Aparecen dos tipos más, armados, amenazan a Pablo, el director del Colegio, que observaba desde cerca, “no te muevas conchatumadre o te cago aquí mismo”, nos toman del pelo y los brazos. A empujones entramos en un automóvil chevrolet color café claro. Yo me resisto hasta caer de dolor. 


Puedo ver como Leonardo, un profesor del colegio, amigo mío, colega de Franco, corre hasta nosotros gritando “suéltenlos, es un secuestro, suéltenlos”, y uno de ellos, sin mediar aviso, le dispara a quemarropa. Cobarde. Leo cae al suelo mal herido. Un niño de ocho años, alumno del colegio, está de pie al lado del cuerpo caído de Leonardo, congelado por el miedo. Quiero avanzar hacia él para abrazarlo y llevármelo lejos de ahí. No puedo ahora. No pude entonces. Uno de los secuestradores lo mira a la cara y le cierra un ojo. El niño llora. Los tipos suben al auto. Nosotros, adentro, con vendas y amarras. El auto comienza a moverse y pasan justo por aquí, frente a mí, donde estoy parado ahora, mirando el inicio de mi propia muerte. Yo los acompaño. Vuelvo a entrar en ese auto viejo, con los asientos envueltos en plástico, hay cartuchos de bala en el suelo, revueltos entre pedazos de goma y manchas de aceite. Del espejo retrovisor cuelga una imagen de la Virgen María y una insignia del club de fútbol de la Universidad Católica. Nosotros dos estamos sentados, amarrados y encapuchados. A Franco lo vigilan con un revólver que le apunta la sien. A mí me tienen encañonado por la nuca. El arma que me apunta está caliente, debe ser la misma que le disparó a Leonardo. Desde aquí, puedo verme asustado, recordando a mi mujer y a mis hijas, sus rostros, sus sonrisas. Trato de pensar. Es un secuestro solamente, un amedrentamiento. Nos soltarán en un par de horas, después de una golpiza. Uno de los tipos tose y me escupe. Comunista de mierda, te vamos a cagar a tiros, ¿me escuchaste? A ti y a todos los perros como tú. Escucho a Franco que balbucea un milico cobarde. El susurro aún persistía cuando recibe un fuerte golpe con el arma, directo a su cabeza y cae desmayado en mis muslos. Yo respiro helado. Tengo la sensación de la muerte rondándome. Trato de conectarme con mi miedo, desde acá, desde lo intangible, desde la muerte que ya fue. Entro por mis ojos y encuentro una enorme pena. Estaba triste. Sigo estándolo. Tal vez, la incapacidad de comprender lo que estaba sucediendo me golpeaba más que el miedo a morir. Hasta dónde serán capaces de llegar, me escucho pensar. Salgo de mí. Trato de tocarme, pero es imposible.

El auto se detiene. Debe haber pasado por lo menos una hora. Se abre la puerta del chofer y del copiloto al mismo tiempo. Se escuchan gritos de reprimenda, no entiendo qué dicen. Se abre la puerta cerca de mí. Me bajan bruscamente, caigo al suelo y comienzan a patearme. Siguen gritándome comunista de mierda, vende patria, te llegó la hora. A Franco lo bajan después de mí. Sigue inconsciente por el culatazo. Ojalá no despierte, pienso desde aquí, desde mi tiempo de fantasma, contemplando lo que sucedió y no conocía hasta ahora. Hay olor a campo, a bosta de caballo, a pasto mojado. Nos encierran a empujones en una casa de madera, pequeña, húmeda. Seguimos con las capuchas amarradas al cuello. Al caer al suelo, me enredo en otras piernas. No puede ser Franco, él viene detrás. Me doy cuenta que hay otra persona tirada aquí, quizás muerta. No se asuste amigo mío, ya saldremos de esto, escucho una voz que no conozco. Demasiado cálida para estar al borde del abismo. Ahora sé que se trataba de Domingo. Pero, Franco ¿dónde está Franco?